Caleidoscopio

¿Cultura de Paz y Psicología? Pasiones Encontradas

Por Cinthya Ramírez J.

Cuando ingresé a la Universidad de Costa Rica, era carnet 93. Entré a la carrera de Psicología con una idea bastante clara (y limitada): pensaba que la psicología era solo clínica. Pero como tantas veces sucede en la UCR, ese universo se me amplió de forma maravillosa, y muy pronto empecé a enamorarme de los procesos grupales y de la psicología comunitaria.

Casi al mismo tiempo, en 1996, me uní como voluntaria a CISV (Children’s International Summer Villages), una organización que promueve la paz, la comprensión intercultural y la amistad a través de programas educativos. Desde entonces, la Cultura de Paz se convirtió en una pasión profunda. Me sentí llamada a trabajar por relaciones humanas más conscientes, donde las personas se escuchen de verdad, se vean sin juicios, y se relacionen desde la empatía y el respeto.

Con el título de psicóloga en mano, confieso que me sentía un poco “fuera de lugar” profesionalmente. ¿Cómo nombrar lo que realmente hacía? Entonces, empecé a definirme así: “Soy psicóloga de formación, pero educadora no formal por vocación, apasionada por los procesos grupales y la educación para la paz.”

Y es en el ámbito educativo donde encontré mi espacio natural. Seguí siendo voluntaria de CISV, trabajé en escuelas y, poco a poco, fui tejiendo una trayectoria marcada por el acompañamiento a personas y comunidades.

En el año 2000, al volver de vivir un año en Alemania e iniciar mi maestría en Psicología Grupal, me reencontré con la Escuela Santa Margarita, donde trabajé antes de irme. La directora, la querida “Teacher Letty”, me ofreció una oportunidad que parecía hecha a mi medida: ser parte de un programa piloto de Educación para la Paz, impulsado por PANIAMOR y la Peace Education Foundation. Ese fue uno de mis primeros espacios formales para trabajar directamente con cultura de paz en contextos educativos.

Después de eso, la vida —o mejor dicho, Dios— me llevó a lo que, en ese momento, era el trabajo de mis sueños: ser directora ejecutiva de CISV. ¿Qué más podía pedir? Estaba en un lugar donde podía dedicarme a lo que más me apasionaba.

Más adelante, el camino me llevó a la Academia para la Paz, donde descubrí la Comunicación No Violenta (CNV). (Podés leer más en el blog “Cuando la CNV entró en mi vida”). Y con cada paso, sentía que me alejaba de “la psicología tradicional” y me acercaba cada vez más al mundo de la cultura de paz. Un mundo que, por mucho tiempo, no sabía cómo encajar profesionalmente.

Entonces, llegó otra etapa de mi vida: la maternidad. Regresé al ámbito educativo y, por un tiempo, la palabra “paz” quedó un poco relegada. Inevitablemente irónico, porque es justo en el espacio educativo formal donde más falta nos hace.

Por muchos años, pospuse incorporarme al Colegio de Profesionales en Psicología de Costa Rica (CPPCR), porque sentía que no encajaba. Hasta que, hace siete años, gracias al impulso amoroso de mi amiga Eva y de mi esposo David, decidí acercarme. Y al entrar en sus instalaciones, lo primero que vi fue: “Construyendo una Cultura de Paz”.

No puedo explicar con palabras la emoción y el alivio que sentí al ver ese mensaje junto al logo del colegio. ¡Por fin! Psicología y Cultura de Paz no eran caminos opuestos, sino caminos que sí se encuentran.

Y luego llegó el descubrimiento del CIREC (Centro Integral de Resolución de Conflictos del CPPCR). Sentí que todo tenía sentido. Que había un espacio legítimo, profesional y ético para ejercer desde lo que me movía el alma.

En el 2019, tomé un salto de fe: renuncié a mi antigua vida laboral y decidí dedicarme de lleno a lo que verdaderamente me hace vibrar. Hoy lo tengo claro:
¡La psicología y la cultura de paz sí se encuentran!
Y no solo eso: la cultura de paz es de todas y todos.

Mi historia con el CIREC será para otro blog.
Pero por ahora, solo puedo decir:
Gracias, Diosito, por guiarme hacia este hermoso encuentro de pasiones… en el momento justo.